Alias Zotes

Guión cinematográfico de Jesús Pérez Ramos basado en la novela “Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes”, de José Francisco de Isla.

 

BLOQUE DE SECUENCIAS 3

 

Secuencia 68

Día / Casa Matilde de Lera / Balcón

 

— Nos encontramos en Benavente en la Fiesta del Toro Enmaromao. Durante la fiesta, con el propio toro en la plaza. A esta plaza da el balcón. Nos referimos a una plaza urbana, no taurina. En el balcón Licenciado Patapalo y Matilde de Lera. A veces, en off, ruido de carreras, gritos.

 

            Licenciado Patapalo:

He de darle a usted, doña Matilde, una noticia que me ha llenado de júbilo e ilusión.

 

            Matilde de Lera:

            Pues a ver, don Jonás, qué noticia es esa.

 

            Licenciado Patapalo:

Entregué a un editor de Valladolid la primera parte de lo que ahora estoy escribiendo, cuando tengo tiempo libre. Es la historia de un fraile. El editor me ha escrito una carta en la que me muestra un sumo interés por mi obra, hasta tal punto que me pide que termine cuanto antes la segunda parte para empezar con los procesos de la impresión.

 

Matilde de Lera:

Vaya, eso es maravilloso, ¿no? No sabía que fuera escritor, licenciado. ¿Y?

 

Licenciado Patapalo:

El caso es que estoy tomando como fuente para mi novela, o inspirándome en ello, la biografía de un sujeto real, la de un fraile, como le he dicho, al que como personaje de la historia que estoy escribiendo, sitúo su nacimiento en el pueblo de Campazas, a mediados del siglo pasado. Todo lo que existe sobre las venturas y desventuras de este buen hombre está recogido en una prodigiosa colección de manuscritos, documentos, memorias, cartas, inscripciones y otros papeles. Unos están escritos en siriaco, y otros en armenio, copto, arábigo, persa o griego.

 

Matilde de Lera:

¿Y usted sabe tantas lenguas?

 

Licenciado Patapalo:

Nooo, ya quisiera yo. Únicamente me defiendo con el griego. Estos papeles que le comento son traducciones de originales escritos en la antigua lengua española. Las traducciones se hicieron a partir de la invasión y entrada en la nación de los sarracenos. Si los originales se terminaron perdiendo, no así las traducciones, que fueron a parar a un monasterio de monjes coptos en Egipto. Mírese por cuanto que un viajero español con gran conocimiento de lenguas orientales acertó a dar con las traducciones, y viendo en ellas un gran valor histórico consiguió que los monjes se las vendieran, porque ellos tampoco sabían esas lenguas.

Matilde de Lera:

Sólo la historia de esas traducciones parece ya de por sí interesante.

 

Licenciado Patapalo:

Poco después de su regreso a España el viajero murió en Barcial de La Loma, de donde era natural. Las traducciones fueron a parar al famoso archivo de Cotanes. Suelo visitar ese archivo y como conozco a su Librero Mayor, en una conversación me sacó a colación la existencia de esas traducciones, lo cual me interesó sobremanera. Pero yo, salvo el griego, de lenguas orientales ni papa. Pero el Librero Mayor, que al parecer ha viajado por todo Oriente, y conoce en parte algunas de sus lenguas, se ofreció a traducirme a su vez las traducciones al castellano. Y ajusté con él un precio.

 

Matilde de Lera:

¿Quiere decir que está pagando a ese Librero Mayor por que le traduzca?

 

Licenciado Patapalo:

Eso es. Pero es tal la documentación existente acerca de ese fraile, que hasta el momento mi traductor sólo ha estudiado una sexta parte de la misma.

 

Matilde de Lera:

Entonces, puede decirse que usted sólo ha escrito una sexta parte de la historia.

 

Licenciado Patapalo:

Así es, sólo una sexta parte si me atengo al volumen de esas traducciones. Por eso no podré satisfacer en breve a mi interesado editor vallisoletano.

 

Matilde de Lera:

¿Y en letra de imprenta cuántas páginas puede llevar una parte?

 

Licenciado Patapalo:

Calculo que unas trescientas.

 

Matilde de Lera:

Que multiplicado por seis harían un total de mil ochocientas páginas. Le llevará mucho tiempo escribirlas, licenciado, y corre el riesgo de que el editor pierda interés por su novela.

 

Licenciado Patapalo:

Es lo que me temo.

 

Matilde de Lera:

Mi consejo es que acabe cuanto antes la segunda parte, para que con las dos primeras se publique el primer libro de su obra. Como intuyo que la historia es interesante, quizá el primer libro le permita dedicarse exclusivamente a escribir el resto. Hay que tener valor, y dinero, para comprar una novela que tiene mil ochocientas páginas, y nada menos de un escritor desconocido. Se dé a conocer con las dos primeras partes, y si gustan, serán los propios lectores quienes le pidan que escriba las otras.

 

Licenciado Patapalo:

Doña Matilde, gracias por su consejo.

 

Matilde de Lera:

¡Ay, cielo santo, que a ese muchacho me lo mata el toro!

 

Licenciado Patapalo:

¡Cómo que se lo mata! ¡Que ya lo mató!

 

 

Secuencia 69

Noche / Casa Matilde de Lera / Comedor / Durante la cena

 

            Licenciado Patapalo:

            Es muy triste que el toro enmaromao se haya cobrado este año una víctima.

 

            Padre de Matilde:

Se amoló la fiesta. Pero como se suele decir en estos casos, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Pero no se corte, don Jonás, sírvase más pollo. ¿De dónde dijo que es usted?, ¿de Villalobos?

 

Matilde de Lera:

Nooo, padre, de Vega de Villalobos.

 

Padre de Matilde:

Pero a mí me suena Villalobos, a secas.

 

Licenciado Patapalo:

Efectivamente existe el pueblo de Villalobos, a secas, como usted bien dice, que fue un condado. Una parte de su territorio es una vega, que por razones de herencia pasó a manos de uno de los hijos. Éste, su familia y criados, y sucesivos descendientes, poblaron la vega durante varios siglos, pasando a llamarse Vega de Villalobos. Yo soy descendiente por parte de madre de ese heredero, quiero decir descendiente del primer conde de Villalobos.

 

Padre de Matilde:

¿Se sacan cuartos con la pluma, licenciado?

 

Licenciado Patapalo:

Se sacan si uno tiene la suerte de contar con clientes. De todos modos mi madre tiene unas tierras que envidian muchos, tierras que por ley de vida habrá de heredar un servidor.

 

Padre de Matilde:

¿Y son productivas?

 

Matilde de Lera:

Padre, es usted muy curioso.

 

Licenciado Patapalo:

Lo son, señor De Lera.

 

Padre de Matilde:

¿Y dice que su padre también fue militar?

 

Licenciado Patapalo:

Ciertamente, pero el oficio de la milicia lo llevó a la tumba. Yo he tenido más suerte, pues la práctica de ese oficio me dejó con una pierna de palo que, junto con la pluma, me permite vivir holgadamente.

 

Padre de Matilde:

Claro, es que la pata de palo de un oficial del Ejército de Su Majestad...

 

Matilde de Lera:

Don Jonás ya no desea cenar más por lo que veo, ni yo tampoco, de modo que les pedimos permiso para retirarnos y hablar de nuestras cosas.

 

Madre de Matilde:

Sobra una habitación de huéspedes, don Jonás. Si lo desea puede quedarse a dormir.

 

Licenciado Patapalo:

Le estoy muy agradecido, señora. Pero la noche ha quedado estrellada y apacible para cabalgar. Por otra parte tengo asuntos que resolver a primera hora de la mañana.

 

 

Secuencia 70

Noche / Casa Matilde de Lera / Cuadra

 

            Licenciado Patapalo:

            (Ensillando el caballo.)

Agradezco a usted y su familia haberme invitado a la Fiesta del Toro Enmaromao de Benavente, de la que dicen: “Buena villa, mejor gente”.

 

            Matilde de Lera:

            (Dejando el candelabro en una repisa.)

¿Cuándo tendremos la dicha de volver a contar con su visita, licenciado? Los momentos se me hacen muy agradables en su presencia, sabe tantas cosas y... las cuenta tan bien. Se nota que es usted escritor. Me gustaría verlo con más frecuencia.

 

Licenciado Patapalo:

Bueno, si usted y su familia consienten para mí sería un honor visitarla todos los domingos y fiestas de guardar, además de aquellos días que me traigan asuntos por la villa.

 

Matilde de Lera:

Pues en nombre de mi familia dése por consentido para que me visite cuando quiera.

 

Licenciado Patapalo:

¿Y en el suyo propio, doña Matilde?

 

Matilde de Lera:

En mi nombre dése por consentido para que me visite todos los días del año.

 

Licenciado Patapalo:

Eso es imposible a menos que...

(La toma por un brazo y atrayéndola hacia sí la besa en la boca.)

 

Matilde de Lera:

A menos que... ¿qué? Sería la mujer más feliz del mundo si te tuviera día y noche a mi lado, Jonás.

 

Licenciado Patapalo:

Lo has dicho de una manera tan romántica como diplomática, lo que me suena a proposición matrimonial.

 

Matilde de Lera:

Pues que suene.

 

Licenciado Patapalo:

Soy un lisiado y te supero bastante en edad. ¿Estás segura de lo que has dicho?

 

Matilde de Lera:

Completamente.

 

Licenciado Patapalo:

Entonces me tendrás día y noche, mujer.

(Se vuelven a besar.)

 

 

Secuencia 71

Día / Casa Licenciado Patapalo / Comedor / Durante la comida

 

            Madre de Patapalo:

            Jonás.

 

            Licenciado Patapalo:

            Madre.

 

            Madre de Patapalo:

He leído con sumo interés y placer el libro primero de la historia que estás escribiendo sobre el fraile. Debo decirte, y no es ningún alago de madre, que he quedado insatisfecha con su lectura, y digo insatisfecha porque estoy impaciente por leer lo que sigue. ¿Pero no habrás metido la pata, hijo mío?

 

Licenciado Patapalo:

A ver, madre, pues qué, ¿la de carne y hueso o la de palo?

 

Madre de Patapalo:

Perdona por mi expresión, mas no hagas burla de ti mismo. ¿Tienes idea de lo que cuentas en el primer libro? Hay herejías por todas partes.

 

Licenciado Patapalo:

Señora mía, usted sabe muy bien que no son herejías, son ingenuidades de un fraile que carece de instrucción teológica. Todo cuanto dice el personaje es de buena fe.

 

Madre de Patapalo:

Cierto, ¿pero con qué fe escribes tú lo que dice de buena fe el personaje que has creado? Porque desde la perspectiva del autor la obra en su conjunto es una crítica feroz, satírica y hasta burlesca del sermonario de los frailes predicadores.

 

Licenciado Patapalo:

Eso es otro cantar.

 

Madre de Patapalo:

Claro que es otro cantar. Te aprovechas de un personaje para decir por su boca lo que no puedes decir abiertamente con la tuya. Pero en realidad lo estás diciendo con la pluma. No se deduce por la obra que el autor no sea un buen cristiano y temeroso de Dios, pero se aprecia entre líneas que, no sin sarcasmo, pone en duda ciertos misterios de fe, como si estos fueran en contra de las leyes de la Naturaleza.

 

Licenciado Patapalo:

¿No fue Dios quien creo la Naturaleza? Sí. Luego se trata de misterios de fe que van en contra de la Naturaleza.

 

Madre de Patapalo:

No puedes mofarte de unos principios religiosos que avalan reyes y príncipes. Yo entiendo y comprendo perfectamente tus angustias como creyente, pero no deberías haberlas hecho públicas por medio de un personaje. Ahora hay cientos de reproducciones del libro primero de tu novela en manos de vete tú a saber quien.

 

Licenciado Patapalo:

Pero de eso se trata, madre, de que la obra llegue al mayor número posible de lectores para que mi esfuerzo como escritor tenga sentido.

 

Madre de Patapalo:

Y lo tiene, porque has sido capaz de desarrollar con sencillez un mensaje muy complicado. Pero me temo que empezarás a tener problemas si hay hombres graves incapaces de asumir como ingenuidades los sermones de tu fray Gerundio.

 

Licenciado Patapalo:

Madre, me está metiendo miedo en el cuerpo. Pero si las cosas vienen mal dadas, podré demostrar que los sermones los escribió realmente ese fraile.

 

 

Secuencia 72

Día / Cabalgada campo a través

 

— Nueva sucesión de tomas del Licenciado Patapalo cabalgando al galope.

— Por las calles del pueblo de Cotanes.

— Se detiene frente a un edificio.

 

            Sobreimpresión:

Archivo de Cotanes

 

 

Secuencia 73

Día / En el interior del archivo

 

            Licenciado Patapalo:

Buenos días. Por favor, puede avisar al Librero Mayor, no lo veo por aquí. De parte del Licenciado Jonás Fernández.

 

Librero Mayor:

Lo sé. Buenos días. ¿Pues cómo es que no ve al Librero Mayor si lo tiene delante de usted?

 

Licenciado Patapalo:

Hmmm, bueno, yo me refiero al Librero Mayor...

 

 

Librero Mayor:

Anterior. Verá, como yo era su ayudante personal el prior de la casa me ha nombrado su sucesor. Del anterior Librero Mayor, que las palmó.

 

Licenciado Patapalo:

¿Cómo que las palmó?

 

Librero Mayor:

Sí, que su vida en este mundo finiquitó.

 

Licenciado Patapalo:

¡Vaya por Dios! Y... ¿sabe si dejó algo para mí?

 

Librero Mayor:

Que yo sepa, no, porque exhaló sin decir ni mu. Le dio un aire repentino de esos que se llevan el espíritu precisamente pocos días después de visitar usted el archivo por última vez. Si yo le puedo ayudar en algo...

 

Licenciado Patapalo:

Veamos. Estoy escribiendo una novela apoyándome en una colección de documentos que se encuentran en un cofre. En la tapa de ese cofre se lee un letrero que dice: “Memorias para la historia de un famoso predicador español”.

 

Librero Mayor:

Acompáñeme.

(Ambos se dirigen al fondo del archivo, y el Librero Mayor toma un cofre relativamente voluminoso de una estantería, y con cierto esfuerzo, dado el peso del contenido, lo deja sobre una mesa.)

Por lo que he notado a primera vista, los documentos están escritos en lenguas orientales. ¿Conoce usted esas lenguas?

 

Licenciado Patapalo:

(Abriendo la tapa. Los papeles en el interior están colocados verticalmente.)

No, tan sólo los que están redactados en griego. Su predecesor los ordenó por orden cronológico. Me los iba traduciendo al castellano y como ve por este separador su trabajo llegó hasta aquí.

 

Librero Mayor:

¿De dónde saca usted que el anterior Librero supiera traducir todo esto?

 

 Licenciado Patapalo:

Bueno, él me dijo que fue misionero de la orden durante muchos años por distintas partes de Oriente y en vista de su don de lenguas conocía los distintos idiomas en que están redactados estos papeles. Llegué a un acuerdo económico con él para que me los fuera traduciendo.

 

Librero Mayor:

¿Por casualidad ha leído usted los que están escritos en griego?

 

Licenciado Patapalo:

Como los documentos no se pueden sacar del archivo él se ofreció también a traducirme esos.

 

Librero Mayor:

Pues siento decirle, licenciado, que dudo mucho que mi antecesor en el cargo le tradujera nada y mucho menos por orden cronológico.

 

Licenciado Patapalo:

¿Pues qué?, ¿qué me dice?

 

Librero Mayor:

El único idioma que conocía el antiguo Librero Mayor, aparte del castellano, era el latín, y por cierto, con pésima declinación. De recién nacido fue abandonado en la puerta de esta casa. Desde entonces no conoció más Oriente que el horizonte del pueblo de Cotanes. Y desde que le hicieron Librero Mayor del archivo, sólo lo abandonaba para atender por el pueblo cuestiones relacionadas con su cargo.

 

Licenciado Patapalo:

¡Dios! Si hubiera leído los documentos escritos en griego me habría dado cuenta del engaño. Entonces, ¿qué se supone que me traducía?

 

Librero Mayor:

Si no lo sabe usted...

 

Licenciado Patapalo:

Eso quiere decir que no puedo demostrar que mi novela se fundamenta en estos documentos.

 

Librero Mayor:

Me temo que no, pues a saber Dios lo que dicen. En esta casa aparte del castellano todos conocemos el latín; el francés, algunos; el italiano, otros; el germano un par de ellos... El griego únicamente lo dominamos el padre prior y yo, pero el griego que hay en este cofre no teníamos ni idea de que existiera. Lo más que podría demostrar usted, si me toma como testigo, es que ha tocado estos documentos.

 

Licenciado Patapalo:

Si al menos pudiera retirar los que están escritos en griego.

 

Librero Mayor:

Claro que puede, si me promete que los devolverá íntegros... Asimismo pongo en duda que el título en castellano de la tapa del cofre corresponda con su contenido, porque la letra es del antiguo Librero Mayor. Ni que corresponda con el título en caracteres arábigos, ¿pues sabemos qué nos dicen estos?

 

Licenciado Patapalo:

Pues qué, eso digo yo.

 

 

Secuencia 74

Día / Merienda en el campo, entre árboles, junto al río

 

            Matilde de Lera:

Así que por lo que has leído de los papeles en griego de ese cofre, no se trata de las “Memorias para la historia de un famoso predicador español”, sino de un tratado sobre Geografía.

 

Licenciado Patapalo:

Así es.

 

Matilde de Lera:

Pues créeme, querido mío, que es una pena que el anterior librero mayor haya muerto, porque a costa de apoyar tu novela en sus falsas traducciones, el libro primero te ha salido encantador.

 

Licenciado Patapalo:

¿Ya lo has leído?

 

Matilde de Lera:

¡Cómo que lo he leído! No he dejado el libro ni a sol ni a sombra en cuanto me lo regalaste. Ahora lo está leyendo mi madre, que de cuando en cuando suelta una carcajada que da gloria verla. A continuación está en lista de espera mi hermana la pequeña, después mi padre, seguidamente mi dama de compañía...

 

Licenciado Patapalo:

Es saludable saber que se trata de un éxito.

 

Matilde de Lera:

¿Y ahora qué piensas hacer?

 

Licenciado Patapalo:

La historia de fray Gerundio me está permitiendo vivir de la literatura, no tendría sentido darla por finalizada. El antiguo librero del Archivo de Cotanes me ha enseñado cómo piensa ese fraile, luego no hay más que seguir desarrollando su pensamiento. Espero que la filosofía gerundina, por decirlo de alguna manera, no esté reñida con la filosofía de otros.

 

Matilde de Lera:

¿A qué otros te refieres?

 

Licenciado Patapalo:

Nada, cosas de mi madre... Oye, preparaste una merienda que estaba deliciosa.

 

Matilde de Lera:

No me parece tanto, lo que ocurre es que tú eres de buen apetito. ¿Y qué opinas del sitio que he escogido?

 

Licenciado Patapalo:

Paradisiaco. Una nueva frontera ajena al país de Campos. Me atrevería a decir que es un lugar... pecaminoso, sobre todo cuando se está acabando la tarde.

 

Matilde de Lera:

¿Me puedes decir cuánto de pecaminoso, licenciado?

 

Licenciado Patapalo:

Claro.

(Él la toma por el talle e inclinándola para atrás sobre la hierba, la besa en la boca.)

 

Matilde de Lera:

¿Y si dejamos que llegue la noche?

 

Licenciado Patapalo:

Me perdería hasta tu casa.

 

Matilde de Lera:

No te preocupes, querido mío, conozco el camino.

 

— A un lado pastan los caballos.

 

 

Secuencia 75

Día / Vega de Villalobos / En los prados, junto al camino

 

            Vegués 1:

            (Observando a los visitantes, que llegan a caballo.)

¿Qué vendrán a hacer en Vega de Villalobos el Inquisidor y el Alguacil de Villalpando?

 

Vegués 2:

Nada sano. Si vienen en domingo es porque quieren asegurarse que encontrarán al que buscan. Y si el alguacil se acompaña de tres ayudantes es porque traen la intención de prender a alguien? ¿A quién?

 

 

Secuencia 76

Día / Vega de Villalobos / En una calle del pueblo

 

            Inquisidor:

            (Pregunta a tres reunidos en la calle.)

            Buenos días. Dígannos, ¿dónde vive el licenciado don Jonás Fernández?

 

            Vegués 3:

            Sigan la calle, y en la única casa con mirador, ahí vive.

 

 

Secuencia 77

Día / V. De V. / En una calle del pueblo / Frente a la casa con mirador del L. Patapalo

 

            Criada de Patapalo:

(Los hombres desciende de los caballos y el Inquisidor golpea con el llamador a la puerta, que al momento es abierta.)

¿Qué se les ofrece?

 

Inquisidor:

Buenos días. ¿Vive aquí el licenciado don Jonás Fernández?

 

Criada de Patapalo:

Aquí vive, pero en estos momentos no se encuentra en casa.

 

Madre de Patapalo:

(Entrando en el portal desde el interior de la casa.)

¿Qué desean ustedes de mi hijo?

 

Inquisidor:

(Entrando en el portal desde la calle.)

Traigo orden del Santo Oficio de arrestar a su hijo como autor del Libro I de la obra titulada “Alias Zotes”.

 

Madre de Patapalo:

Vaya, ¿y desde cuándo es delito escribir un libro?

 

Inquisidor:

Desde nunca, señora. En realidad la orden de arresto no es por haber escrito el libro, sino por cierta cosas que cuenta en él, por las cuales deberá dar explicaciones y, sin son razonables, tenga por seguro que quedará de inmediato en libertad.

 

Madre de Patapalo:

¿Y si no les parecen razonables?

 

Inquisidor:

Pues me temo que a su hijo se le abrirá un proceso y se prohibirá la venta y lectura del libro. Señora, por favor, díganos dónde está don Jonás Fernández.

 

Madre de Patapalo:

Partío de viaje a Valladolid esta madrugada para tratar de negocios con su editor.

 

Inquisidor:

Eso hemos de comprobarlo. Alguacil, usted y sus hombres registren toda la casa.

 

Alguacil:

Al momento, Inquisidor. Vosotros dos, mirad por arriba. Tú, acompáñame.

 

Madre de Patapalo:

Registren cuanto quieran pero no estropeen nada. Mientras tanto, nos disculpa, señor Inquisidor. Mi asistenta y yo salíamos para la iglesia.

 

Inquisidor:

Antes es el deber que la devoción. Lo siento, señora, pero de esta casa no se mueve nadie mientras no aparezca su hijo. Esperaremos hasta la hora de comer y si es preciso hasta la cena. Es extraño que don Jonás Fernández haya emprendido un viaje en domingo.

 

 

Secuencia 78

Día / Casa Licenciado Patapalo / Comedor

 

            Inquisidor:

            (Durante la comida.)

Ante el buen trato que está teniendo usted con nosotros, señora, créame que me siento avergonzado. Ciertamente soy el Inquisidor del partido de Villalpando, pero personalmente no llevo el caso particular de su hijo. Sólo cumplo órdenes pues desconozco el motivo exacto por el cual se le reclama.

 

Madre de Patapalo:

Me parece razonable que cumpla con su obligación. ¿Desean algo más?

 

Inquisidor:

Muchas gracias, señora, nada más.

 

— La Madre y la Criada de Patapalo se cruzan las miradas y comienzan a recoger la mesa.

— A continuación las mujeres dejan sobre la mesa una garrafa, vasos y un mazo de cartas..

 

            Madre de Patapalo:

Espero que sea de su agrado este licor de aguardiente que hago yo misma. Aquí tienen una baraja para que se entretengan durante la espera.

 

Inquisidor:

¿No le parece demasiadas atenciones con los hombres que van a arrestar a su hijo?

 

Madre de Patapalo:

Es que no temo por el arresto de mi hijo, señor Inquisidor, pues sé que sabrá dar las explicaciones necesarias para quedar libre de inmediato.

 

Inquisidor:

Todos nosotros esperamos que sea así, señora.

 

Madre de Patapalo:

Ahora, si nos disculpan, permítan que mi asistenta y yo nos retiremos para descansar.

 

 

Secuencia 78 A

Día / Casa Licenciado Patapalo / Dormitorio de la Madre

 

El Inquisidor pasa con las dos mujeres al dormitorio, y en la primera parte del mismo abre la ventana y se cerciora de que la reja está bien asegurada.

— Después va al fondo del dormitorio, lo que es una alcoba dividida por una cortina, y se percata de que no hay ventana. A continuación revisa el armario de la estancia y otras partes.

 

            Inquisidor:

            Muy bien, que tengan buena siesta. Por favor, señora, la llave del dormitorio.

            (Sale el Inquisidor y echa la llave en la cerradura.)

 

Después la Criada Patapalo se sienta en el sillón con intención de descansar, pero se da cuenta de que la señora se pone a escribir frente al escritorio. Al terminar, guarda la carta en un sobre.

 

            Madre de Patapalo:

Ve a casa de mi sobrino Pascual y le entregas esta carta para que se la lleve de inmediato a Jonás. Indícale a mi sobrino dónde vive la familia De Lera en Benavente, aunque todo el mundo sabrá darle señas cuando llegue a la villa.

 

Criada de Patapalo:

Sí señora.

 

Madre de Patapalo:

No des explicaciones a nadie y vuelve cuanto antes.

 

Criada de Patapalo:

Sí señora.

 

Las dos retiran una alfombra del suelo, que hay en la alcoba detrás de la cama, y levantan una trampilla. Ambas se persignan. Por la escalera del hueco se va la Criada.

 

 

Secuencia 79

Día / Casa de Matilde de Lera / Sala de estar

 

Matilde de Lera:

(Cuando Jonás termina de leer la carta.)

¿Qué ocurre, Jonás?

 

Pascual:

No temas por tu madre. Vuestra criada me ha dicho que ella está bien y serena.

 

Licenciado Patapalo:

(Entrega la carta a Matilde.)

Gracias por el favor, primo Pascual. Espero que no tomen represalias contra mi madre. Dile que la espero dentro de treinta días donde nos despedimos de mi padre el día que lo embarcaron.

 

Pascual:

Dentro de treinta días. De acuerdo. Ella sabe qué lugar es ése.

 

Licenciado Patapalo:

No lo olvidará nunca pues ahí vio a su esposo por última vez.  Dile también que, si le es posible, me lleve todos mis escritos y cosas personales.

 

Pascual:

¿Y tú qué piensas hacer, primo?

 

Licenciado Patapalo:

Huir, Pascual. Si pende sobre mi cabeza una orden de arresto del Santo Oficio, sólo me queda una opción: la huida.

 

Matilde de Lera:

(Poniéndose en pie.)

Pero puedes defenderte, querido. Tú sabes hacerlo.

 

Licenciado Patapalo:

Con esa gente no hay defensa que valga, en cuanto te echan el ojo encima estás perdido. A partir de ahora me podéis dar por huido. Primo, abraza a mi madre de mi parte y dile que tenía toda la razón. Dile que me perdone y que la quiero con toda mi alma.

 

 

Pascual:

Así lo haré, Jonás. Pierde cuidado.

(Se abrazan los dos hombres.)

 

—Cerramos cámara. Y la abrimos con Jonás mirando a través de la ventana. Matilde de Lera se acerca a él y le pone la mano encima del hombro.

           

Matilde de Lera:

Decida lo que decidas hacer a partir de este momento, no quiero que sea sin mí.

 

Licenciado Patapalo:

(Se vuelve y la abraza.)

Pero, querida mía, si continuas a mi lado hipotecarás tu vida.

 

Matilde de Lera:

¡No, sin ti es cuando la tendré hipotecada, amor mío!

 

 

Secuencia 80

Noche / En el puerto junto al barco

 

            Sobreimpresión:

Puerto de Valencia

 

— Junto a un velero de tamaño medio, Licenciado Patapalo, Matilde de Lera, la Madre y la Criada.

 

            Capitán:

            (Desde el barco.)

Suban ya a bordo, no tardará el pasar la siguiente ronda y como les pidan papeles tendrán problemas.

 

Licenciado Patapalo:

Cuida de ella como has cuidado de mí, mujer.

 

Criada Patapalo:

(Llorando.)

No se preocupe mi señor, cuidaré de la señora.

 

Licenciado Patapalo:

(Abrazando a su madre.)

Lo siento, madre.

 

Madre Patapalo:

Qué le vamos a hacer. En este puerto vi por última vez a tu padre...

 

Licenciado Patapalo:

No siga, madre, yo no voy a la guerra. Tendrá noticias nuestras en cuanto estemos instalados.

 

Madre Patapalo:

Que seáis muy felices, os deseo toda la felicidad del mundo. Qué pena que no haya podido estar en vuestra unión matrimonial.

 

Matilde de Lera:

Pronto volveremos a estar juntos, madre. Ya lo verá.

 

Madre Patapalo:

Rezaré para que sea así, hijos.

 

     Abrazos de todos con todos.

 

 

Secuencia 81

Noche / Velero abandonando el puerto

 

— La luna reflejándose en el agua.

 

            Sobreimpresión final:

 

El padre jesuita José Francisco de Isla, autor de la novela “Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes”, nació en 1703 en Vidanes, León.

 

En la historia que les hemos contado, el Licenciado Patapalo, don Jonás Fernández, ha cumplido como autor de la misma en tanto que personaje apócrifo.

 

En cuanto a la obra del padre Isla, el Consejo Supremo de la Inquisición la prohibió en 1758, el mismo año en que fue impresa y puesta a la venta la primera parte sin conocimiento expreso del autor. La primera edición tuvo un gran éxito y se agotó en pocos días, vendiéndose la mayoría de los ejemplares en Madrid.

 

Apenas salió a la venta, la novela cayó en manos de Fernando VI, siendo de su entero agrado. Pero no así de Carlos III, que en 1759 ratificó la prohibición que había hecho la Inquisición. Carlos III, por otra parte, expulsó a los jesuitas de España.

 

Isla se exilia en Italia y después de muchos avatares por este país muere el 2 de noviembre de 1781. Dos décadas antes su obra fue introducida en el “Índice de Libros Prohibidos” que observaba el Vaticano.

 

No cabe la menor duda de que la novela “Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes”, fue una bomba con acierto demoledor en la línea de flotación de la Iglesia Católica de aquella época. La obra satírica del padre Isla marcó un antes y un después en el sistema educativo de España, especialmente en la religión, lo que de alguna manera obligó a revisar determinados principios que hasta el momento se habían tenido por intangibles.

 

 

 

 

En Madrid, a 7 de septiembre de 2003

Jesús Pérez Ramos