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“Del
crack por defecto al crack por exceso”
por Jesús Pérez
Ramos
El
Crack del 29 o Crisis de 1929 fue el mayor desplome hasta entonces
conocido de los activos que se cotizaban en el mercado de valores de
la Bolsa de Nueva York. Esto coincidió con los inicios de la época
conocida como la Gran Depresión, que llegaría a niveles traumáticos
en el seno de las clases trabajadoras. Ese crack bursátil fue el
primer aviso serio en la historia de las finanzas de las
consecuencias que acarrean las prácticas simplistas con las
que los liberales entienden y practican la economía de libre
mercado. Mas ese primer aviso que ponía en tela de juicio no el
sistema capitalista, sino precisamente dichas prácticas con las que
por medio de la avaricia se venía desarrollando la economía de
libre mercado (en la actualidad, además, por medio de la especulación),
digo, ese primer aviso debió de servir de bien poco, porque la Gran
Depresión se prolongaría durante toda una década, circunstancia
que en cierta medida fue parte de la inspiración con la que un
iluminado o iluminados llevaron al mundo a la segunda gran
contienda.
En
los ambientes urbanos industrializados, principalmente de Europa,
las crispaciones sociales en demanda de mejoras salariales y de
condiciones laborales en los tajos (demandas que tenían ya como
precedente la revolución bolchevique), sirvieron como piedras
arrojadizas a los iluminados que gustaban de arengar con filosofías
políticas populistas de corte nacional-fascista.

Por
el contrario, aunque en un ambiente no precisamente industrializado,
sino más bien rural y antiburgués-monárquico, las crispaciones
sociales en España devinieron en un sistema de gobierno republicano
a través de participación popular y democrática. Pero si las
crispaciones en la Península Ibérica habían sido en el seno de las
clases trabajadoras, con la República democrática aquellas se
trasladaron a la alta burguesía y al alto clero con el beneplácito
de una parte de la jefatura militar (y paramilitar
fascista-sindicalista de ciertas corrientes político-populistas),
pues vieron marchito el statu quo de sus privilegios
ancestrales, lo que actuó como caldo de cultivo el cual degeneraría
en levantamiento castrense contra el orden legal establecido. Un
golpe de Estado en realidad contra el que, obviamente, la República
no tuvo más remedio que defenderse y de ahí, en consecuencia, la
Guerra Civil de España. Todo un banco de ensayo preparatorio para la II Guerra Mundial.
Se
ha escrito mucho sobre el Crack del 29. Desde mis humildes
conocimientos sobre Economía apuntaría que sus causas fueron
debidas mayormente a que las distintas riquezas nacionales
(sociales) estaban en muy pocas manos que además usuraban con
aquella, caso especial de Estados Unidos, en formatos especulativos
o en Bolsa con pagarés, acciones, letras de cambio, etcétera. Una
mínima parte de la masa monetaria de la economía real, respaldada
por el patrón oro, en proporción al número de sus tenedores
estaba en poder de los consumidores de las clases populares a través
de salarios poco menos que de subsistencia. Y claro, en pleno auge
industrial ¿de qué servía tanta producción de bienes de consumo
manufacturados si por su precio sólo estaban al alcance de los más
pudientes?
La
Gran Depresión comienza con el crack, con el estallido de la
burbuja de la concentración de los capitales dinerarios en pocas
manos, lo que impedía que el dinero fluyera por la sociedad dando
lugar al colapso del consumo natural, circunstancia agravada además
con el encarecimiento progresivo de los precios. La inflación, en
definitiva, fue retirando de los mostradores comerciales a masas
ingentes de potenciales compradores al carecer de capacidad de poder
adquisitivo.

Por
otra parte, todavía no estaba inventada la división del trabajo o
se encontraba en ciernes, por lo que las manufacturas seguían
siendo productos cuasi artesanales salidas de pequeños talleres en
los que laboraban maestros con aprendices, o de grandes y peligrosas
factorías con plantillas numerosas de mano de obra especializada
en funciones muy concretas, repetitivas y rudimentarias, lo que
asignaba al producto un precio para las clases populares prohibitivo
a pesar de los bajos salarios y jornadas de trabajo de sol a sol.
Ese
estado de cosas, sobre todo en Europa, en sociedades que pasaban de
ser netamente rurales a industrializarse bajo unas condiciones
sociales en las clases trabajadoras a todas luces injustas, tenía
que reventar por alguna parte. Porque una vez que los protagonistas
del crack pasaron su propia crisis financiera, la Gran Depresión
continuó su curso cebándose en las clases humildes.
Mal
que bien, con la industria bélica durante la II Guerra Mundial,
principalmente la de los países contendientes con mayor capacidad
fabril (Estados Unidos, Unión Soviética y Gran Bretaña por un
lado, Alemania y Japón por otro), se observó la división del
trabajo y se perfeccionaron las cadenas de montaje que cuando
menos adquirieron movilidad autónoma. Sabido es que con las guerras
se consiguen grandes progresos susceptibles de ser aprovechados para
la vida civil en tiempos de paz.
La
posguerra fue una época de reconstrucción y a su vez de
plena industrialización como prolongación del esfuerzo
industrial que había exigido la beligerancia entre las naciones. La
división del trabajo y la producción en cadena de los bienes de
consumo consiguieron el abaratamiento de estos, llevando a la
sociedad a ser eso, sociedad del consumo. Mas una sociedad
basada en el consumo inteligente sería lo más lógico en la búsqueda
por alcanzar una calidad de vida en la que por fin primaría ésta
por encima del trabajo, y no al revés.
Pero
sí sería al revés espoleada la circunstancia (o la suerte) de
tener trabajo por la competitividad, de tal manera que la obsesión
por tener recursos asegurados obligaba a trabajar más de lo
necesario para vivir. Con lo que la sociedad del consumo se
convierte en sociedad del consumismo, hasta tal punto que la
masa monetaria corriente avalada por el patrón oro llega a ser
insuficiente para cubrir todas las necesidades de gasto, entendido
éste en el más amplio sentido de la palabra: inversión en el
juego; inversión especulativa; renovación de mobiliario; renovación
de vestuario; adquisición de coche de lujo, yate, supersónico
propio; hasta adquisición de isla sólo para disfrute privado...

Sirva
como ejemplo de la nueva sociedad del consumismo el estilo de
vida de un tal Agente 007, de quien si todos los ciudadanos
tuvieran capacidad de copiar para vivir, es obvio que la Tierra toda
habría de ser de oro para poder pagar semejante suntuosidad
existencial. Es por ello que la masa monetaria teniendo al oro como
patrón se quedaba corta para poder cubrir todos los gastos,
por lo que se hacía necesaria la creación de un nuevo sistema
monetario que permitiera dar a la maquinita cuantas veces fuera
necesario para conseguir liquidez, comenzando así el fenómeno
conocido como inflación, o sea exceso de billetes en curso
corriente legal, desprecio absoluto del ahorro y, lo que es peor,
desprecio del precio justo de los bienes de consumo. El
patrón-monetario como divisa de referencia había pasado a ser,
...¿cuál?... Efectivamente, el dólar.
El
Crack de 1929 dio lugar al cabo de una década a la II Guerra
Mundial. Ahora estamos en 2009 inmersos en una crisis económica de
proporción planetaria que tuvo su arranque con el famoso estallido
de la burbuja inmobiliaria en el verano de 2007 a consecuencia de
las precipitaciones al vacío de cientos de miles de hipotecas
basura, que de la noche a la mañana no tuvieron más aval que el
papel en el que estaban soportadas sus cláusulas de pago y
vencimiento.
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