"CAPITALISMO SOCIAL"
& Viñetas "ELUCUBRACIONES SISTÉMICAS"
por Jesús Pérez Ramos

Artículo 3
Entrega: 28-3-2009


“Seguridad Social española”

El próximo verano se cumplirán 21 años del día en que mi mujer dio a luz a la segunda y última de nuestros hijos una vez más en el fabuloso complejo del Hospital General de La Paz. Recuerdo que ya estaba avanzada la hora del alba y me encontraba en una sala de espera junto con otros cuatro o cinco sujetos que, como yo, estaban allí con el mismo plan.

         En esa sala desembocaba con las puertas abiertas de par en par un corredor por el que se distribuían los paritorios, a su vez con sus respectivas puertas también abiertas. Supongo que esto era así para que la doctorada y ayudantes pudieran moverse, entrar y salir libremente de los espacios destinados para los alumbramientos. Aprovechando la frescura de la mañana y la capacidad que ya se tenía por entonces para inducir el parto, se conoce que disponían las hornadas de alumbramientos para todas aquellas progenitoras que estando cumplidas con el tiempo de embarazo pareciera como si se resistieran a finiquitarlo.

         Los que esperábamos teníamos prohibido el acceso al corredor si no habíamos decidido estar presentes en el parto. A mí me hubiera gustado pero no me habían indicado esa posibilidad. No obstante por ese corredor habíamos venido desde su extremo opuesto, creo recordar, hasta la sala de espera desde la zona donde se encontraban los departamentos o boxes en los que tenían lugar los procesos de preparto o dilatación animados por la inducción. Ya en estos prolegómenos el futuro papá acompañaba a la futura mamá.

         En el silencio de la mañana comenzó a oírse algún que otro alarido de extremo dolor, y era tal la empatía que despertaba que hasta al tipo mejor pintado le ponía más tenso que un tirante de acero. Se me venía a la memoria el dicho de mi abuela materna de cuando ella me hablaba de los tiempos en que se paría en el hogar: “Cada vez que una mujer daba a luz la guadaña siempre pasaba por debajo de su cama; en algunas ocasiones se quedaba”. Y créanme que tal como lo cuento un grito de dolor salido de uno de los paritorios fue seguido de la exclamación: “¡Cabrones, sois todos unos cabrones!”.

         Al poco empezaron a aparecer por la sala de espera las camillas empujadas por enfermeras, cada una de ellas con su recién nacido y su respectiva mamá camino de la zona donde se encontraban los departamentos de recuperación. Decía para mí: “Esto es como una fábrica de churros”. Las camillas hacían un alto en la sala de espera para que cada mamá y su bebé fueran saludados por el padre; el padre que venía de estar presente en el parto vestía el buzo sanitario de papel de usar y tirar.

         Así fue que aparecieron mi mujer y mi hija, y al fijarme en ésta no pude por menos que exclamar: “¡Por Dios que es fea la muchacha!”. Pero lo exclamé con alegría pues no sé de ninguno que recién nacido por conducto vaginal sea un modelo de belleza. La enfermera que empujaba la camilla me informó que el parto había sido normal y natural, pero como la niña se resistía a salir, pues no hubo otro remedio que extraerla con ventosa. Claro, así se explicaba la forma de pera conferencia que se le había quedado a la cabeza de la cría.

 

         Las mamás y los bebés habrían de estar en los boxes de recuperación varias horas, vigilados en todo momento, atendidos y aseados antes de ser destinados a planta, de cuyo número de habitación ya se me informaría en la recepción de la sala de espera general de maternidad. Momento que aproveché para bajar a esa sala y comentarle a mi suegra de que todo había ido bien y que podía pasarse por casa para relajarse, pues no antes de media mañana podría ver a su hija y a su nieta en la habitación. Como buena madre decidió seguir en espera mientras que yo me dediqué a hacer las llamadas telefónicas de rigor en cabina pública. Y en estas estaba cuando recordé que había olvidado una carpeta con cierta documentación en la poyata de una de las ventanas de la sala de espera anexa a los paritorios. Volví hasta aquí a por dicha carpeta y vi a un conocido paseando por la estancia.

         Se trataba de un empresario con dos locales de exposición y venta de muebles de lujo en el madrileño y burgués barrio de Salamanca. Franquicias dependientes de una de las marcas francesas más prestigiosas de decoración y mobiliario a nivel mundial. Él iba a ser padre primerizo, también de una niña, y su mujer tenía dispuesto el parto en una clínica privada del, como no podía ser de otro modo, barrio de Salamanca. En una clínica en la que las habitaciones también son de dos camas, una para el paciente y otra para el acompañante. En una clínica en la que pareciera que se presta más atención al acompañante que al paciente, en este caso la paciente, pues de otro modo no se explica que ante el más mínimo revés la futura mamá tuviera que ser trasladada de urgencia desde la clínica privada a un centro público como era y es el Hospital de La Paz. Según mi conocido empresario parece ser que la doctorada de la clínica en cuanto se percató de que el parto de su mujer se presentaba complicado, decidieron encasquetar a la parturienta a un centro estatal. “Para que luego nos quejemos de cómo funciona la Seguridad Social”, me vino a decir el empresario. “Yo no me quejo”, le repuse.

         Le pregunté que si por ser empresario no pagaba cuotas por él y su mujer a la Seguridad Social, a lo que me respondió que eso de ser empresario no tenía nada que ver para cumplir con sus obligaciones de ciudadano con el Estado, pero que aparte pagaba también por un seguro médico de asistencia privada. Seguro médico del que visto lo visto se iba a dar de baja sin contemplaciones.

         Días después cuando volví a verlo nos felicitamos por el nacimiento de nuestras respectivas hijas en el mismo sitio, en el mismo día y casi a la misma hora. Me comentó que la doctorada de La Paz le había informado de que tanto su mujer como su hija podían haber perdido la vida durante el traslado, y en definitiva si se hubiera pospuesto por más tiempo el parto, pues habida cuenta de que éste no podía ser de forma natural, no hubo otro remedio que  practicarlo con cesárea.

         Cambiando de tercio, que no de tema, comentar ahora el caso no ya de un conocido sino de un buen amigo mío, con el que al menos una vez por semana nos reunimos para compartir mesa y mantel en un restaurante también del barrio de Salamanca, pero de esos en los que se sirven menús a 10 euros; o sea en un restaurante para proletarios, aunque tenga en parte por clientela a sujetos más encorbatados que un ministro.

         Mi buen amigo es analista técnico bursátil en la plantilla de uno de los grupos bancarios más importantes de España, por no decir el más importante, y nunca mejor dicho de parte del extranjero. Pertenece concretamente a la división de la entidad encargada de gestionar los activos tanto de pequeños inversores como de carteras capaces de cubrir con billetes el césped de un estadio de fútbol. Sus análisis técnicos sobre los Índices más elitistas, caso particular de Ibex 35, se publican en la revista que el grupo bancario edita mensualmente. Me río cuando mi buen amigo me comenta sobre particularidades relacionadas con las finanzas, los productos bursátiles, la renta variable, porque suele concluir reflexionando: “Yo de otra cosa no sabré, pero de Bolsa... tampoco”.

         A partir del verano pasado comenzó a notar molestias en una rodilla que le fueron en aumento hasta causarle dolor al andar. Afortunadamente su trabajo es sedentario pero el simple hecho de andar se convirtió para él en un suplicio habida cuenta de que su enorme humanidad, y lo digo con doble sentido, está allá por los 140 kilos de peso.

         Por cuenta del seguro privado de salud que paga el banco mi amigo se decidió por ir a la consulta del médico de cabecera de una entidad, servidora de ese seguro, que tiene por nombre comercial fonemas similares a la palabra “sanidad”. Con esa primera consulta obtiene lo que en el argot en un ambulatorio de la Seguridad Social se conoce como “volante”, el pase para la consulta especializada donde se le practicarían las pruebas, resonancias y radiografías pertinentes. Una tercera consulta para ponerle al corriente del diagnóstico, con el que el especialista le concluye, hablando en plata, que no hay más remedio que operar el menisco de la rodilla derecha. Una cuarta consulta para analizar cómo está el sistema sanguíneo, urinario y otros del paciente, porque, claro, no se puede entrar así como así en el quirófano sin saber como está realmente de salud el cuerpo serrano.

         En el momento de escribir estas líneas, 25 de marzo de 2009, le queda pendiente la consulta con el anestesista, el día 27 del mismo mes, que le informará cómo habrá de ser su competencia en el quirófano conforme a aquellos análisis clínicos y quien le retornará al médico de cabecera. Entonces suponiendo que esos análisis sean viables para la operación, el de cabecera le notificará la fecha y hora de la intervención. En caso de que dichos análisis no sean viables, deberá seguir un tratamiento farmacológico hasta conseguir que el cuerpo serrano quede a punto de no correr riesgos en su paso por el quirófano.

         Como ven, hasta aquí se han seguido más o menos los mismos protocolos que se observan en la Seguridad Social. Ahora bien, teniendo en cuenta que el amigo se está beneficiando de una sanidad privada pagada por el banco, ha de advertirse que el proceso consultivo clínico aún no ha entrado propiamente en la lista de espera para la operación del menisco, porque al paciente le queda pendiente la segunda consulta con el médico de cabecera. Cuando llegue a ésta, independientemente de que deba seguir un tratamiento previo a la intervención o de entrar ya en lista de espera, ¡habrán pasado dos meses de calendario! ¿Y cómo, tratándose de un paciente atendido por la sanidad privada? Como suelen exclamar los críticos de la Seguridad Social española, “¡Menos mal que no se está muriendo!”

         A esos dos meses hay que añadir el tiempo necesario de recuperación y sanación después de la operación, más, el de rehabilitación, con lo que la baja laboral se podría poner fácilmente en cuatro meses. Lo que ocurre es que mi amigo, debido a su celo en el trabajo, o a que éste es sedentario, o a que no están los tiempos para tomarse bajas así como así en vista de cómo andan la Bolsa, las finanzas, el mercado de trabajo y en general la economía, pues ha decidido acogerse como trabajador al derecho de baja laboral sólo a partir de pasar por el quirófano. No obstante, al acabar la jornada de trabajo en no pocas ocasiones se ve obligado a regresar a casa en taxi si el menisco le hace insufrible tomar el autobús. Y gracias a que el taxi lo puede pagar.

         Deducimos por los dos casos que he expuesto y que conozco perfectamente, que la sanidad privada puede llegar a ser tanto o más ineficaz o lenta que la sanidad pública. Que en la Seguridad Social hay listas de espera... Hombre, a nadie se le puede obligar  a no enfermar cuando la enfermería está saturada. Ahora bien, por estos dos casos hemos visto que el “beneficio de la sanidad privada” sólo está al alcance de un empresario y de un empleado por cuenta del banco, deduciéndose con ello que de esta sanidad sólo sacan partido unos privilegiados, mientras que la sanidad pública se dispensa a todos independientemente de los recursos económicos de cada cual, e independientemente de lo que haya podido aportar por ella, porque es universal, es social.

         Puesto que todos pagamos a la Seguridad Social y sólo los privilegiados a la sanidad privada (que a fin de cuentas también se terminan beneficiando de la sanidad pública), lo lógico sería que lo que se paga bajo privilegio a la sanidad privada se pagase también a la sanidad pública. Con esto no quiero decir que esté en contra de la convivencia de ambos sistemas de salud, público y privado, pero precisamente por ello huelga tanto miramiento sobre intentonas de querer privatizar un servicio público que ahora está para beneficio de todos los ciudadanos, ricos y pobres.

         Y creyente como soy del Estado de las Autonomías, incluso del Estado federal, me ha parecido un auténtico error delegar competencias en Sanidad a las Comunidades. La Seguridad Social es una institución tan fundamental y provechosa para la sociedad española, que, al igual que Defensa, sólo admite una cadena de mando centralizada a nivel estatal, sin que por ello se pierda la esencia de la virtud autonómica territorial. Es más, creo que con esa virtud en cuestiones de salud el Estado de las Autonomías se quedaría cerca de la perfección.

         En estos días se leía la expresión en uno de esos periódicos que se despachan gratuitamente en la calle junto a las bocas del Metropolitano de un lector que decía: “¿Cuánto nos cuesta mantener el sistema sanitario que prima lo privado?” Y en el mismo ejemplar estaba impreso en primera página el siguiente titular: “62.000 europeos esperan un transplante de órgano”. En subtítulo: “España duplica la tasa de donantes de la U.E. con 34 (órganos) por millón de habitantes”.

         ¿Eso por qué es así? Es así porque la mayoría de los ciudadanos españoles se ha dado cuenta de que su sistema público de salud funciona. Y es así por lo menos desde las últimas dos décadas del anterior régimen político. Entonces lo que es una pena es que los que en su momento se declaraban de derechas, por no decir franquistas, ahora, declarándose demócratas liberales, pretendan cargarse una sanidad social universal, cuyas prestaciones va en beneficio también de los que pueden costear un seguro médico privado.

         En Estados Unidos, país del capitalismo liberal por antonomasia, al margen de los cauces de beneficencia no conciben que la Administración Pública pueda curar de una gripe al ciudadano. Y andan queriendo implantar una Seguridad Social modélica como la española, pero no saben cómo. Créanme si les digo que en el país más poderoso de la tierra al día de hoy hay gente que literalmente se muere por no poder costearse un seguro privado de salud, ni mucho menos un tratamiento que cure su mal. En el mejor de los casos, para poderlo conseguir, se ven obligados a hipotecarse hasta las cejas o desprenderse de sus bienes más preciados.

            En España, basta que un ciudadano griposo afiliado a la Seguridad Social visite a su médico de cabecera en el ambulatorio más humilde del barrio más humilde para que salga de consulta más sano y más saltarín que un canguro australiano. Esto que digo no es ninguna perogrullada. Quizá sea debido a que en España, por historia, se sabe ya un rato largo sobre la gripe. De hecho hay una gripe a la que se conoce mundialmente como española.

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